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  • Foto del escritorANDARES

EL CANTO DE LAS MARIPOSAS (2020)

Actualizado: 11 jul 2022

EL CANTO Y EL AZUL


O todos los colores y hasta el más tenue sonido que la tecnología de nuestros días permite escuchar.


Ya que, y estamos de acuerdo en esto, importan tanto las películas como quienes las realizan, hablemos primero de Nuria Frigola Torrent. ¿Quién es? Realizadora catalana de nacimiento y nacionalizada peruana, como alegremente manifiesta desde su arribo al país en 2005. Ella ha saltado, como una consecuencia natural, de la producción (del documental militante Hija de la laguna de 2015) a la dirección de un largometraje (El canto de las mariposas) mediante un acercamiento tan sigiloso como respetuoso a un contexto, a una historia y a un personaje buenamente misteriosos. La puesta en escena de esta ópera prima de Frigola plantea que el pequeño crew pase casi desapercibido sobre los andares pictóricos y oníricos de Rember Yarhuarcani, su protagonista.



Súbitamente, lo primero que me remitió El canto de las mariposas fue un documental de Fernando Valdivia que pude ver en las aulas de San Marcos en mis años de estudiante y cuyo final me dejó desecha, desesperanzada: Buscando el azul de 2003. Entonces fue inevitable volver a verlo, esta vez a consciencia del dolor que causa saber que el ciudadano bora, Víctor Churay promesa para su familia y su pueblo, como para tantas otras luchas de pueblos originarios no pudo concretar ninguno de sus sueños tras una muerte absurda que solo dejó impotencia y un incendio en mis ojos. Buscando el azul tiene matices diversos, por momentos ceremoniosos y otras veces lúdicos; una voz que relata, la del mismo Víctor Churay que asume su rol de protagonista, y una cámara, del propio director Valdivia, cuya presencia se siente. Más allá de la semejanza temática acerca de un protagonista artista amazónico, ninguna otra relación técnica emparenta ambas películas.


Ambos pintores, Victor Churay, bora del Clan Peleje, y Rember Yahuarcani, uitoto del Clan de la Garza Blanca, cimentan su desarrollo artístico en la capital peruana. Ambos llevan la responsabilidad de ser voz y lumbrera de sus respectivas comunidades. Ambos mantienen una tradición familiar que se expone y se desarrolla en cada película. Ambos provienen de etnias con tradiciones y pasados históricos muy similares, con una búsqueda o conflicto de inspiración artística, con una relación padre-hijo y de legado notorias -recordando las pinturas de Churay incluso son relatos pictóricos casi idénticos a los del padre de Rember–. Y hasta aquí los paralelismos. Sin embargo, me animo a decir que en El canto de las mariposas encontramos una gama más amplia de colores, literal y simbólicamente, aunque la misma esperanza descansa sobre un artista amazónico con la enorme y delicada responsabilidad de ser la voz transparentada, el portador de los hechos y la magia de toda una tradición uitoto. Una inmensa responsabilidad que solo la compañía de los espíritus hace llevadera.


La voz vuelta eco de la abuela Martha hablándole a Rember en su propio dialecto, los sonidos de la naturaleza que se cuelan, profundos hálitos y vientecillos en tres notas simples; todo ello hace de la figura de la matriarca un ser tan fantástico como las criaturas que describe. Es así que las historias mitológicas y figuras antropomórficas que Rember pinta en su obra toman de estos sonidos un vuelo espectral, casi fantasmagórico, que la sola imagen no podría. A este respecto, un detalle no menor del filme es que la música original está a cargo de la compositora y cantautora Karin Zielinski, quien a la fecha ha sonorizado 22 largometrajes desde su debut una década atrás con El limpiador (2012) de Adrián Saba. La música de Zielinski crea una atmósfera en El canto de las mariposas que afina, acaricia, la historia mucho más que solo acompañarla.


Volviendo al filme, Rember Yahuarcani parece pintar con las manos de El Bosco Un Jardín de las Delicias de seres de mitología uitoto, criaturas que parecen de neón, cuyas alas son aletas y que expenden humaredas alargadas como lenguas blanquecinas, aves piernudas que navegan, garzas como un hilillo de humo, peces con patas de insecto. Rember pinta sueños tinturados por Fidoma (ser mítico uitoto), instrumentalizado por la palabra o el espíritu de su abuela Martha.

Toda esa tradición mágica contrasta con los relatos de realidad trágica como son las historias de exterminio en la Amazonía: la fiebre del caucho -ese desenfreno de capitales europeos y comerciantes peruanos- en la frontera de Perú y Colombia disputándose riquezas y territorios a cuesta de miles de comunidades amazónicas que fueron asaltadas, masacradas y esclavizadas con la complicidad de ambos estados. En expresiones de la antropóloga Frederica Barclay Rey de Castro, “los pueblos del Putumayo aún no han sido reparados ni de palabra ni de obra, por los crímenes ocasionados por la explotación de caucho hace cien años”.


Diversas poblaciones amazónicas fueron salvajemente abusadas y mermadas mientras eran obligadas a herir los bosques en pos de un llanto blanquecino que enriquezca a los colonos europeos y magnates locales: el caucho. Ante esto, como consecuencia y a pesar del genocidio, subsisten con la fuerza de la oralidad sus cantos, su sabiduría ancestral, la fuerza de su convivencia comunitaria y su arte que aún evoluciona –como lo expone Frigola–, que toma mediante Rember, entre estas voces acalladas de la Amazonía, el hálito para abstraer desde las cenizas el cántico frágil y bello del espacio rumoroso donde la vida alguna vez ardió.



Dixia Morales / Andares Cine

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