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8° CORRIENTE: ¿CUÁNT@S CINEASTAS NOS FALTAN?

Actualizado: 14 jun 2022

Han sido un descubrimiento grato los cortometrajes de Arturo Sinclair, un artista visual y, por supuesto, también cineasta ahora imprescindible pero hasta hace poco desconocido para mí y bastante más para la historia ”oficial” del cine peruano. Esta oportunidad me llegó (online) a través del octavo encuentro cinematográfico con sede en Arequipa, Corriente, dirigido por Edward de Ybarra.



Arturo Sinclair, nació en México pero residió en Perú en la década del 70, donde desarrolló muchos cortometrajes de los cuales solo se conservan unos cuantos. Además -según cuenta en sus entrevistas- fue impulsor de la ya famosa y extinta Ley de Fomento a la Industria Cinematográfica 19327, que tuvo vigencia entre 1973 y 1992.


Casi todo su trabajo como realizador es de formato corto, pues como él revela, se siente más atraído hacia el relato breve tanto en el cine como en la literatura. Por Agua salada (1974), obtuvo el Hugo de Oro del Festival de Chicago 1974 al que postuló por iniciativa de un amigo suyo. Desde ese momento y debido a su incursión intuitiva en el trabajo de los efectos especiales, empezó una trayectoría que lo llevó a trabajar en grandes estudios en países del norte de América y Europa.



Por problemas técnicos mi primera revisión de Agua salada fue sin audio; lo que me confirma que algunas veces lo que consideramos eventos desafortunados se convierten en gratos descubrimientos.


El desfile de imágenes silenciosas fue nutritivo como son los peces de nuestro litoral, advertí una historia mística en la trama, la anunciación o relato de una tragedia mediante la asfixia de un pez, el enfrentamiento del hombre con el mar y el hambre como símbolo del instinto de supervivencia.


Cuando finalmente pude verlo con el audio, la experiencia toma verdadero misticismo religioso. La historia trágica de un pescador y su hijo son exaltadas con el coro sinfónico de la "Pasión de San Juan" de Johann Sebastian Bach. Para este logro sincrónico, presumo que los acercamientos de cámara, desplazamientos de objetos y las figuras humanas han sido previa y esmeradamente ensayadas, pues según comenta el autor: “Fue filmado 1:1, o sea cada encuadre fue filmado una sola vez ya que solo tenía esa cantidad de película para completar la obra.”


Acerca de la melodía sobre la que cada cuadro avanza solemne, José Luis García Ameijenda, crítico musical, acota: "Jesús es la palabra de Dios por excelencia que testimonia su verbo, que insta al hombre a salir de sus tinieblas para recuperar en libertad el paraíso perdido. Dios asume la forma humana en el héroe que en su martirio purga el pecado de los hombres…” (Sinfonía Virtual, Revista de música clásica y reflexión musical, Nº 22, ENERO, 2012).


Así mismo, el pescador y su hijo salen de una oscura cueva, el hijo del pescador se ha lanzado hacia un mar embravecido que entrega peces de manera generosa pero que también ha tomado algo a cambio, su vida. Es una comunión amarga la que escenifica el viejo pescador cuando devora el primer bocado del pez que calmará el clamor de sus intestinos, inmediatamente después de haber arrastrado el cadáver de su hijo hasta la cueva. Brotará de él un estentóreo grito, quizá de afrenta hacia nuestra mortandad, pero luego se echa a la mar y navega en aguas tranquilas hacia la puesta. Porque el ciclo de la vida continúa.



En este cortometraje Sinclair experimenta nuevamente con el montaje y el color alternando filtros azules con sepia. ¿Es un corto documental, reportaje y videoarte? Acaso lo experimental abarcaría todo eso. Luego Sinclair, paradójicamente, se dedicaría a realizar efectos especiales para producciones hollywoodenses.


En Eguren y Barranco podemos aproximarnos a la vida y los relatos del poeta, y la mirada que tenía de su entorno inmediato, el distrito donde residía y desde donde creaba el mundo fantástico que le conocemos.


El predominante filtro azulado avejenta el registro, aproxima el mar a cada imagen, más aún, las inunda. En el recorrido vemos construcciones coloniales, naturaleza, el mar y finalmente el crepúsculo, todo al ritmo del piano agónico de Erick Satie. Cada punto aporta a este pleonasmo a la melancolía, con la evidente intención de signar el carácter tímido, solitario, perturbado de José María Eguren, a quien en la narración incluso le atribuyen rasgos similares a Edgar Allan Poe y Charles Chaplin.



SÍSIFO (1974)


Lo que más me impresionó de Sísifo son los escenarios, la apuesta artística, la superposición y coreografía de imágenes y sonidos tan experimentales en tiempos en los que lo experimental era tremendamente aún más transgresor. Sinclair toma el desierto del litoral limeño, la zona de Pasamayo, como la cápsula de reloj de arena, para escenificar el purgatorio.


El primer símbolo que se puede advertir es El Ojo de la Providencia o El ojo que todo lo ve, que se remonta a la cultura Sumeria, luego asociado al culto masónico.


Destino se encuentra en una posición de veneración ante ‘El Ojo’ mientras una calavera se consume en el fuego, tal vez una ofrenda ¿Otra más? Vemos varios cráneos y huesos dispersos en el campo como prueba de ofrendas anteriores.


Destino en traje de frac, sombrero de copa y antifaz, emprende el camino y hace alarde de su divinidad cuando al chasquido de sus dedos aparece un taxi. Aquí Sinclair hace uso de una simpática melodía de Jazz que no logro identificar (aunque apuesto por Duke Ellington y Orquesta), pero que imprime, aunque sea brevemente, un poco de sensualidad y frescura a una historia siniestra.


El taxista lleva a Destino hasta la falda de una montaña donde sigue su recorrido hasta situarse en lo que parecen sus dominios, el desierto, donde lanza lanza los dados mientras escuchamos los susurros de "The Heart of the Sun" de Roger Waters (de una versión que fue transmitida en febrero de 1968 en un programa de la televisión francesa) y de inmediato un grito (que probablemente provenga de una versión en vivo de "Echoes").


¿Acaso ese grito significa que alguna vida fue cegada? Me lo reafirma el saludo que realiza Destino ante ‘El Ojo’ cual diestro matador hace cada que culmina una exitosa faena.


Y aparece el condenado, Sísifo. El purgatorio desértico que ha creado Arturo Sinclair suena a psicodelia setentera, con sonidos hipnóticos, espaciales de Tangerine Dream y Pink Floyd.


Sísifo, el personaje de la mitología griega que tuvo la hazaña de escapar dos veces de la muerte gracias a su ingenio, granjeándose el repudio de los dioses, fue condenado a repetir la misma infructuosa tarea por la eternidad. Sísifo debe subir una pesada roca hasta la cima de una colina que inevitablemente deja caer siempre cerca de lograrlo. Su cuerpo llega al límite de sus fuerzas impidiéndole culminar su cometido, un sádico recordatorio de su condición de mortal.


Pink Floyd es la lengua que desata su furia sobre la espalda del Sísifo de Sinclair, que cae extenuado. Un corte nos introduce en el sueño de Sísifo; sueña con Fortuna, ella aparece quieta en una loma, como una estatua griega y lleva un blanco y vaporoso vestido. La angélica mujer corre hasta cruzar el camino de una anciana que sin descanso lleva su carga. Fortuna le ofrece monedas, ¿dones? La anciana no se inmuta ante el gesto y prosigue. Sísifo despierta enérgico del sueño y con actitud cínica frente a su celador realiza nuevamente su tarea y en el trayecto señala a Destino lo que hay en su horizonte: un hombre que yace crucificado. ¿El mismo Sísifo? Está suspendido en el cielo y lo observa. Este Sísifo de Sinclair parece haber encontrado una nueva forma de escape en el cristianismo. Destino es burlado y rueda cuesta abajo, es vencido al ritmo del baterista de Pink Floyd.



Este relato parte del caos, de los sonidos que se mezclan, que aturden, como el reflejo de un estado mental de angustia o aburrimiento, con breves momentos de lucidez coreados por una voz de radioemisora. El personaje, una ama de casa de clase media alta, recorre las calles con su hija, transitando distintos estados de ánimo que van del relajo al estrés con cansancio de por medio. El guión está escrito y protagonizado por Lorena Yañez, esposa del cineasta.


Este cortometraje me hizo pensar en el agua de una tetera puesta al fuego y los sonidos in crescendo que hace ésta durante el hervor hasta el pitido final de ebullición que es cortado por quien apaga el fuego. El personaje (in)oportuno que interrumpe la convulsión emocional de Lorena Yáñez en la película es “el visitante” del título, signado por un sonido de timbre que llama a la puerta.


El cortometraje evidencia una intención de experimentar con las posibilidades expresivas del sonido, mediante la mezcla, el montaje, la irrupción y, finalmente (y lo que me resulta particularmente relevante), el sonido como significante, como personaje importante y detonante del desenlace de la obra.


Dixia Morales / Andares Cine

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