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2° LIMA ALTERNA: EL ESPACIO COMO EXPERIENCIA

La segunda parte de esta nota encuentra sentido por el contraste con su entrega anterior. En aquélla revisamos un conjunto de obras empíricas en el sentido que se construyeron desde experiencias, remembranzas y evocaciones que afloran audiovisualmente de adentro (de la psique de sus autores) hacia afuera (los contextos o soportes que ellos intervienen), constituyendo imaginerías como espacios sensitivos. Películas que se nos podrían escurrir entre los dedos si las intentamos atrapar con el puño.


Las tres películas cortas de esta selección oficial que nos falta abordar se aproximan a los espacios (naturales o diseñados) como estímulos creativos para sus realizadores. Dando la vuelta al tema del grupo anteriormente reseñado. Ahora es de afuera hacia adentro, digamos.



Con Campeshino el también cinefotógrafo Marco Antonio Alvarado vuelve a su natural Chazuta, en la región San Martín, para filmar de cerca el trabajo diario de don Julio Fasanado, un enjuto pero vital anciano de 85 años que junto al perro Benjamín viven una repetida rutina que inicia al canto de gallo y finaliza al oscurecer del día. Sin embargo, esta película no se reduce cinematográficamente al registro observacional de una cotidianidad, pues los trayectos de don Julio y Benjamín entre sus distintas labores de limpieza, construcción e incluso reciclaje están enmarcados con diversos verdes amazónicos de fondo que nos indican que más allá de la rutina de un hombre viejo está la presencia inamovible de un paraje natural indómito pero apacible para quienes lo habitan con cuidado y respeto. Y es que la presencia de la naturaleza como contexto de la obra determina la lógica diaria que Alvarado registra, pues al caer la tarde por la oscuridad no nos queda nada para ver ni para filmar. Es allí cuando don Julio y Benjamín descansan hasta que el gallo cante de nuevo y la luz sobrevenga.

Por su parte, Arquitectura entre especies, del también artista visual Mauricio Freyre, reposa la mirada entre las luces y sombras multicolores de una especie de jardín botánico o pequeño bosque artificial que es el Laboratorio de sentidos primitivos Siu Siu en Taipei, así mismo del gran bosque de Miaoli, también en Taiwán. Esta obra es una comisión artística del estudio de arquitectura Divooe Zein Architects para la Bienal de Venecia de 2021 que experimenta sobre la sensorialidad que proyecta el laboratorio en cuestión, pues intenta traducir audiovisualmente las sensaciones perceptivas de convivir estrechamente entre plantas e insectos, cuyos zumbidos y demás sonidos suyos se intensifican principalmente en los planos más oscuros de la película. Un cosquilleo sonoro que nos acurruca entre las pequeñas especies que allí habitan.


Entre filtros rojos intensos y verdes luminosos que se van alternando en los sucesivos planos, Freyre sugiere un trance enajenante aunque pausado por un espacio que vibra y propone experiencias sensitivas varias en sus entrañas. Una estructura arquitectónica como organismo vivo que la película interpreta. Un lugar sólo para sentir.


Continuando con las experiencias propuestas por lugares específicos, es así que pasamos de la representación de espacios naturales en Perú y Taiwán, respectivamente, a la conmemoración de un espacio urbano -o un establecimiento en sí, diseñado, construido y añejado- que evoca una época en Chiclayo que ya ha finalizado. La Luz de Masao Nakagawa de Hideki Nakazaki despide melancólicamente al primer estudio fotográfico del norte peruano tras 91 años de incontables retratos realizados. Y esta despedida tiene como primera secuencia la representación de una última foto, el retrato definitivo de los últimos trabajadores de este estudio fundado por el inmigrante japonés que titula esta película. Ellos son Lilia Masuko, Kyoko Masuko, Zobeida Balarezo, Rosa Vásques y Benito Ascorbe, junto al viejo retrato en blanco y negro del difunto Masao. Un ciclo que se cierra con todos viendo hacia la vieja cámara que los captura.


El estudio se representa como un ambiente lúgubre, mas no del todo triste, donde simbólicamente se vela al desaparecido Nakagawa entre sus paredes. En la composición de aquella atmósfera luctuosa destaca la cuidadosa dirección de arte de la chiclayana Sandra Fernández que repara en los detalles de cada escena en armonía con los tonos cromáticos que la cinefotografía de Carlos Gerardo García propone. No obstante, filmado en soporte fotográfico de 16mm con fotogramas de esquinas redondeadas cuales fotos Kodak de álbumes familiares, La luz de Masao Nakagawa me deja indiferente por el exagerado cuidado de su formalismo por sobre las emociones de un espacio dícese cargado de historias. Pese a contrastar su prolijidad visual con tibieza emocional, extrañamente me conmueve más la pieza musical "Remembranzas del Oriente", compuesta e interpretada por Marisol Cao Milán, quien también se encarga del diseño sonoro tanto de este cortometraje como del anteriormente reseñado Volver a casa de Jaisia Figueroa, coincidentemente la productora de este trabajo.


Entonces, cierra el estudio Nakagawa y de inmediato se convierte en reliquia, como lo remata el último encuadre de la película con la fachada que pasa del color al B/N como quien perpetúa un recuerdo o simplemente regresa en el tiempo. Un efecto manido pero aún efectivo.


Quién dice, pues, que los lugares no tienen vida propia, incluso cinematográficamente.



John Campos Gómez / Andares Cine



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